julio de 2008

La lucha libre es el mundo donde se dan cita los héroes del bien y del mal, una pósima donde el veneno y el antídoto se confunden hasta que uno de ellos prevalece; el drama y la emoción son el enervante que hace exclamar al público, tanto al conocedor como al no iniciado en estas artes.

Este fenómeno masivo tiene lugar en una zona que no es ni el aposento de los dioses ni la caverna obscura de los espíritus atormentados… la cita se da en este mundo, en la arena que existe entre el cielo y el infierno donde los polos se encuentran para incendiarnos en un destello.

Así también hay gladiadores que trascienden fronteras para formar parte del reino del bien procedentes del lado oscuro y vice versa. Esta conversión del gladiador que muda una causa por la contraria se da con cierta frecuencia en el transcurso de los combates y siempre será motivo de controversia y de sorpresa para muchos.

La ambivalencia de la naturaleza humana nos permite disfrutar tanto la nobleza como el abuso, la virtuosidad  encausada hacia cualquiera de los dos mundos nos provoca gran admiración. Hay gladiadores que especialmente logran transladarnos entre estos dos sentimientos con credibilidad y otros a quienes nos resulta mas difícil tomarlos en serio cuando cambian de bando.

Dentro del grupo de los gigantes de este deporte no hay otro más grande que Santo. No sólo por su habilidad como luchador sino porque desde su aparición sorprendió que un hombre con un mote tan cercano a lo divino se comportara como ningún otro rudo lo había hecho llegando a niveles de escándalo. El Santo era el peor de los demonios del infierno en su aparición. Esta ecuación tan simple en apariencia no deja de capturar nuestra imaginación y de provocarnos encanto. Si bien con el paso del tiempo su popularidad lo definió como el héroe por antonomasia defendiendo las causas nobles y acabando con cuanto monstruo encontró a su paso, el temperamento rudo de Santo se dejó sentir subyacente en cada uno de sus encuentros, triunfando en el mayor número de casos imponiendo su fuerza y agresividad a sus oponentes.

La lucha es entonces un embudo donde el cielo y el infierno dirimen sus eternas diferencias, secuestrando de vez en vez gladiadores para sus respectivos bandos. De igual manera secuestran nuestros afectos y admiración por ellos y nos permiten identificar claramente en nuestras emociones la inclinación natural que tenemos tanto para el bien como para el mal, pero sobre todo nuestra afección al combate y a la resolución violenta de nuestras dualidades; descargamos de manera eufórica toda nuestra contradicción en esta tierra media del cuadrilátero que revive cada vez entre el cielo y el infierno.

 

 

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